viernes, 17 de marzo de 2017

Otíñar, un paraje lleno de errores y "topicazos" históricos (IV): el supuesto castillo templario de Otíñar

De errores y topicazos históricos está lleno el amplio espectro del patrimonio histórico-artístico español, y podríamos atrevernos a decir que mundial. No es necesario que nos vayamos a lugares recónditos de la geografía del Santo Reino de Jaén, en nuestro caso, para buscar algunos de esos ejemplos, donde la leyenda, la tradición o la invención literaria han jugado un papel importante al más puro estilo del conocido best seller “El Código Da Vinci”, de D. Brown.

En este sentido, citemos el caso de un lugar emblemático de la ciudad de Martos como es la llamada Cruz del Lloro, lugar en el que la tradición indica que llegó una jaula lanzada desde la Peña de Martos en cuyo interior iban los hermanos Carvajales, cuyo peculiar ajusticiamiento en 1312, por orden de del monarca castellano Fernando IV, acabó con la muerte de estos dos hermanos. Según Lorenzo Morillas (1954) “en memoria de las lágrimas derramadas por el pueblo” se dio al espacio donde llegó la jaula el apelativo de Cruz del Lloro. Hasta aquí la
leyenda. Pero, ¿históricamente dicho episodio ocurrió de tal manera? A nuestro juicio no.
Cruz del Lloro (Martos),
dibujada por Gustavo Doré en el s. XIX.
Como toda leyenda en la que se mezclan datos históricos con otros ficticios, el caso de la Cruz de Lloro es más que posible que tuviera como origen algún cronicón de los que tanto abundaron en la España medieval y moderna, sin negar que históricamente queda demostrado el ajusticiamiento y muerto de dichos en hermanos en Martos, donde recibieron sepultura. Visto esto, a qué se debía el apelativo de “Cruz de Lloro”. En opinión del arqueólogo franciscano Alejandro Recio, residente en Martos, la famosa de Cruz del Lloro, compuesta por una columna coronada por una cruz de hierro, no es más que una antigua picota o rollo situada antaño a las afueras de Martos (hoy ya espacio urbano), donde se ajusticiaba y exponía a los delincuentes. Según me comentaba el Padre Recio hace años, llevaba tiempo intentando convencer a los marteños de que la Cruz del Lloro era un cambio silábico de Cruz del Rollo, verdadero y antiguo nombre del espacio. Pese a ello, los vecinos de Martos siguen creyendo en su mayoría la versión legendaria basada en la llegada de la jaula de los Carvajales hasta este lugar, la cual, dicho sea de paso, es más atrayente pues el lloro de un pueblo ante una injusticia regia no es lo mismo que un simple rollo o picota.

Al hilo de todo esto, en nuestro afán también por dar a conocer y resolver muchos de estos errores y topicazos históricos que para el caso encierra el valle de Otíñar a escasos kilómetros, por cierto, de la ciudad de Martos, donde está la Cruz del Lloro, traemos a colación en este post un nuevo error y topicazo histórico relacionado con el valle y su pasado medieval, como es la identificación que en muchas publicaciones se da del castillo de Otíñar como un castillo templario.

¿Fue el castillo de Otíñar una fortaleza templaria en algún momento? Rotundamente, tenemos que decir que no. A todo esto, cabe hacerse entonces la pregunta de dónde sale el dato de que el castillo de Otíñar fue templario. La respuesta es simple, de una ficción literaria que el famoso escritor giennense Juan Eslava Galán creó en torno a la Mesa del Rey Salomón y a su supuesta localización en tierras giennenses. Alrededor de este relato, al cual Eslava Galán, o su pseudónimo literario Nicholas Wilcox, han dedicado varias novelas y libros (“La lápida templaria”, “Los templarios y otros enigmas medievales”, “El enigma del Mesa del Rey Salomón”, etc.), gira una historia trepidante propia de un guión cinematográfico, la cual no tiene nada que envidiar a otros best seller de escritores como Matilde Asensi, Julia Navarro o el propio Dan Brown. Pero como decimos todo ello no deja de ser un universo imaginario en el cual el castillo de Otíñar fue una pequeña pieza más que Juan Eslava sitúa en el engranaje de una enrevesada ficción, localizándolo como un castillo templario situado en la línea telúrica que, según él, había entre la ciudad de Jaén y el valle de Otíñar. Ubicación que habrían elegido los templarios debido a la consideración de espacio sagrado y mágico del paraje desde tiempos prehistóricos.

Muro de tapial reforzado, en el que se aprecian
los mechinales para su construcción.
Hasta aquí lo que la leyenda e imaginación literaria cuenta. Pero, qué nos dice realmente la Historia y la arqueología. Precisamente la faceta de Eslava Galán como historiador, no como novelista, nos viene a decir en obras de temática histórica, como su libro “Los Castillos de Jaén” (1999), el verdadero origen y contexto del castillo de Otíñar, al cual nunca se refiere como una fortaleza templaria, dicho sea de paso. Según indica Eslava Galán en la citada obra, el castillo de Otíñar es de origen cristiano siendo construido en la segunda mitad del siglo XIII, sobre defensas más antiguas, pudiendo ser su alcazarejo realizado posteriormente ya en pleno siglo XIV. De hecho serán en este siglo XIV en el que también se creará la parroquia rural de Otíñar, lo que denota la importancia que tenía esta población como espacio situado en la vanguardia de la Frontera, comunicando directamente las tierras de la Campiña Sur con los pasos serranos que iban hacia la Granada nazarí, como en este caso los de la Cañada de la Hazadilla y el Valle del Quiebrajano. Lo dicho por Eslava Galán viene a ser refrendado por el profesor Vicente Salvatierra quien apunta a un origen islámico de las defensas de Otíñar en el siglo XI (quizá antes), que se refuerzan ya en época cristina durante el siglo XIII, una vez es conquistado el territorio por Fernando III (Salvatierra Cuenca, V., ed.: Guía Arqueológica de la Campiña de Jaén, 1995, p. 147).

Aparte de lo ya expuesto, qué más argumentos nos sirven para demostrar que el castillo de Otíñar no es templario. Pues evidentemente la ausencia de posesiones en las tierras del antiguo reino de Jaén de esta orden religioso-militar fundada a inicios del siglo XII. Aunque los templarios llegaron a pisar tierras giennenses durante la conocida batalla de las Navas de Tolosa (1212), dicha orden no estuvo entre las premiadas con tierras por los reyes castellanos en agradecimiento por la conquista del Valle del Guadalquivir, cosa que si recibieron otras como las hispánicas de Calatrava o Santiago, más activas en dicha empresa. Precisamente, la de Calatrava contó con una serie de encomiendas muy cercanas al valle de Otíñar como las
Torre del Homenaje del castillo de Otíñar
de la Peña de Martos, Víboras, Alcaudete o Porcuna, de las cuales contamos con numerosa documentación sobre origen y evolución durante la Baja Edad Media. En cambio, los templarios si contaron con otras encomiendas y fortalezas por el territorio peninsular allende Sierra Morena tanto en el reino de Castilla (Ponferrada, Montalbán, Jerez de los Caballeros, Caravaca, etc.) como en la Corona de Aragón (Alfambra, Miravet, Corbins o Peñíscola, entre otros). En este sentido es interesante el libro del ya finado medievalista Gonzalo Martínez Díez, “Los templarios en los reinos de España” (2001), en el cual se analiza de manera rigurosa la historia del Temple y su presencia en la Península Ibérica, alejándose del ámbito imaginario y esotérico en los que se envuelve a esta orden. En esa obra, Martínez Díez viene a demostrar la inexistencia de elementos templarios en las tierras de Jaén, siquiera tras la disolución de la Orden en 1312, en que muchos han querido ver cómo los templarios peninsulares, declarados inocentes (excepto en Navarra) de los delitos supuestamente cometidos, pasaron a otras órdenes hispánicas como la de la Calatrava o la de Montesa, lo cual nunca quedó demostrado. En el caso de Otíñar llama también la atención, cómo justo en el momento en que se está dando la supresión de la Orden del Temple, en la aldea de Otíñar se está configurando una parroquia y se está procediendo a reforzar las defensas y construir nuevos elementos como el alcazarejo, según hemos visto, lo que confirma más ese no origen templario.


En conclusión, el castillo de Otíñar nunca fue un castillo templario pues tal denominación ha sido fruto de la ficción literaria, que en ocasiones la imaginación popular tiende a ir convirtiendo poco a poco en leyenda. Imaginación popular que también en su día inventó el emplazamiento que el último maestre templario, Jacobo de Molay, había lanzado desde la higuera sobre el rey francés Felipe IV y el Papa Clemente V a comparecer ante el tribunal de Dios antes de que acabara el año 1314 y así dar cuenta de las injusticias y crímenes que contra la Orden del Temple habían perpetrado, dando pábulo a estos hechos las muertes primero del Papa y luego del rey francés el mismo año de 1314. Leyenda ésta, por cierto, muy parecida al emplazamiento ante el tribunal de Dios del rey castellano Fernando IV, por parte precisamente de los hermanos Alfonso y Pedro Carvajal, mandados ajusticiar por el rey en Martos, como hemos visto al principio, los cuales, dice la leyenda, habían pronosticado la muerte del rey al cabo del mes de su ajusticiamiento, lo que ocurrió en Jaén precisamente un 7 de septiembre de 1312.

José Carlos Gutiérrez Pérez