Pongamos que se llama Casimiro, nombre
godo ya algo retro, aunque para todos, amigos y paisanos, es
Casimirillo. Desde que era pequeño había aprendido mucho de las
historias que su abuelo materno le había contado. Historias sobre la
propia vida de éste, sus vivencias, su duro trabajo en las faenas
del campo, los quebrantos durante la guerra, sus viajes y otro sin
fin de temas más. Quizás ese gusto por escuchar y conocer la
memoria de sus mayores, le sirvió para ser un fuera de serie en la
asignatura de Ciencias Sociales e Historia, mientras estuvo en el
“cole” y luego en el “insti”. En los mismos se fue forjando
un futuro estudiante que no dudó un instante en realizar la carrera
de Historia, una vez decidió ingresar en la universidad, magno lugar
donde fue perfeccionando su formación.
Casimirillo es joven todavía, además
de un gran lector, no sólo de libros de Historia, los cuales ocupan
una buena parte de su extensa biblioteca particular, sino también de
novelas, ya sean de históricas, suspense o negra, su preferida. Con
todo su afán por la lectura no queda ahí, ya que de vez en cuando
suele leer poesía, algún que otro capítulo de un libro de
pensamiento, o cualquier otra cosa que llegue a sus manos sin
distinguir entre ciencia, humanidades o el manual de instrucciones de
su nueva televisión. De hecho, ahora mismo está leyéndose un
interesante libro sobre la psicología el miedo. Es posible que dicho
libro únicamente le sirva sólo para ampliar su conocimiento, y que
el mismo no acabe referenciado en la bibliografía de la tesis
doctoral que está apunto de terminar y que la trae por la calle de
la amargura. Por cierto el título de dicha tesis es “Emigración
española a México durante la Posguerra”, o algo por el estilo.

Con todo, aunque nunca recibió un duro
en becas del erario público para financiar sus estudios, por eso de
que su padre al ser herrero y autónomo era un aspirante a ricachón,
pese a vivir de los escasos encargos que le llegaban, Casimirillo
logró salir adelante en sus estudios. Su pasión por la historia de
su pueblo, heredada de esas historias de su abuelo, le había llevado
con gusto a quemarse los ojos durante horas y horas en los archivos
buscando datos sobre la historia del mismo. En su modesto despacho
contaba con fichas y fichas de anotaciones en esos archivos. Fichas
que puestas en común le habían llevado a escribir unos cuantos
artículos y a participar en algún que otro congreso internacional,
donde ingleses, belgas e italianos, habían admirado su erudición,
pero sobre todo habían situado su pueblo en el mapa. A pesar de
todo, Casimirillo se encontraba mendigando trabajo, puesto que las
puertas universitarias estaban cerradas para él, conformándose con
alguna que otra clase en un colegio privado, única salida posible
relacionada con su campo de conocimiento, ya que las oposiciones eran
un mundo inhóspito y cruel para él.
Un buen día, el alcalde del pueblo
vecino al suyo, se acordó de Casimirillo. El primer edil había
escuchado una charla de nuestro historiador, y creía que éste era
la persona más apropiada para organizarle unas jornadas históricas
locales sobre su municipio, y así acallar a los concejales de la
oposición, quejosos de que el alcalde no hacía nada en materia de
cultura. Entusiasmado Casimirillo se puso manos a la obra. Todo sea
por recuperar la memoria de dicho pueblo. No hay un duro, dice el
alcalde, para las jornadas ya que con esto la crisis el ayuntamiento
esta tieso, bla, bla, bla. Excusas, en fin.
Llega el día de las jornadas, un
evento a tres bandas donde se darán tres conferencias, una de ellas
de Casimirillo, que hablará sobre cómo aparece reflejado su pueblo
vecino en el Catastro de Ensenada, fuente histórica muy socorrida
para los investigadores, por cierto. La asistencia a las jornadas
buena, si tenemos en cuenta que están los presidentes de las
asociaciones y cofradías locales, algunos miembros del partido del
alcalde, un par de eruditos del pueblo, familiares del alcalde, cinco
abuelos que pasaban por allí y se han metido por el fresquito del
aire acondicionado, y un concejal de la oposición dispuesto a tomar
nota de todo lo que pase allí. Casimirillo anda un poco quemado en
los últimos días ya que se ha esforzado mucho en organizar el
cotarro, invirtiendo muchas horas, y, sin embargo, se entera por la
prensa de que el alcalde se ha gastado un milloncejo de las antiguas
pesetas en pagar a los jóvenes del pueblo un viaje “cultural” a
la playa con casi todo pagado ese día. Jóvenes que lógicamente ni
están ni se les espera en las jornadas.
Comienzan las jornadas. En la
presentación de las mismas intervendrá primero la joven concejala
de Cultura, después Casimirillo y finalmente el alcalde, ataviado
con impoluto traje gris marengo, que dará la bienvenida a los
asistentes. Comienza hablando la concejala, una chavala de apenas 20
años, a la cual cuesta hablar en público y que parece no saber muy
bien cómo va todo aquello, pese a ser un acto que organiza su
concejalía. Mientras tanto se pregunta Casimirillo lo curioso que
resulta el que casi siempre la concejalía de cultura, cae en manos
del último de la lista electoral, del más tonto o tonta, con
perdón, y a ser posible joven, como si la Cultura no fuera algo
serio; claro, así nos va, piensa él. Seguro que alguien con las
mismas cualidades, no tendría la más mínima posibilidad de ser
concejal de hacienda o urbanismo. ¡Por dios, no! Pero sigamos. Tras
la concejala, a continuación Casimirillo interviene explicando cómo
se han organizado las jornadas, el enorme esfuerzo que ello le ha
llevado, y cómo van a transcurrir las mismas. Finalmente, toma la
palabra el alcalde, tras una breve espera posando para el par de
fotógrafos que han acudido a la actividad. El mismo da la
bienvenida, agradece la asistencia, bla, bla, bla, pero remata su
intervención con la frase: “La afición desinteresada y altruista
de las personas que nos van a hablar hoy ha hecho posible este acto.
Gracias Casimiro y a los demás por las historias que nos vais a
contar”.
Después de lo dicho Casimirillo, a
quien la sangre parece habérsele subido a la cabeza, estalla. Parece
que el turno de intervenciones había terminado, pero no. Casimirillo
coge el micrófono y comienza a soltar todo el veneno que ha venido
gestándose dentro de él en los últimos momentos. Solamente dijo
esto:
“- Historias o historietas, puesto
que al ser afición serían más bien historietas. Las aficiones es
cierto que no se pagan. El otro día precisamente leí como usted
soltaba seis mil eurazos a los jóvenes, que aquí no veo por cierto,
para que se marchasen a la playa a disfrutar de su “afición” por
las olas. A los historiadores ni un duro, es verdad, ya que no
trabajan, sino que se divierten escribiendo y organizando eventos.
Ellos obtienen su título por afición, trabajan y estudian por
afición, no importan que inviertan las horas que sean en preparar
actividades como ésta, si total el mérito luego se lo lleva el
alcalde, y encima de todo ello la única que va cobrar es la señora
de la limpieza, eso sí por limpiar dignamente este salón antes y
después del acto que nos ocupa. Señora que a tenor de sus tres
horas de trabajo son treinta euros, y ahora ve y no le pagues
-Casimirillo suelta una fingida carcajada-. En el caso del
historiador no pasa nada ya que trabaja de gratis, parece ser, y come
y bebe de lo que la diosa Clío le da e inspira. Ser alcalde es
también una afición, pero qué curioso esa sí se paga. Hoy por
estar usted aquí está cobrando y encima beneficiándose del trabajo
que hacen otros gratis para usted. Lo siento pero conmigo no cuente
más. Casimiro se va con sus historias a otra parte”.
Anonadado el alcalde y todos los
presentes, nadie era capaz de decir esta boca es mía. Después de
ello Casimirillo se levantó de la mesa, cogió sus cosas y salió
del salón de actos, inaugurado hace pocas semanas, yendo tras él
los otros dos ponentes, personas que por compromiso con Casimirillo
habían accedido a intervenir en las jornadas, a pesar de que uno se
había pegado la paliza de recorrer algo más de 300 km. en coche,
por supuesto gratis y por afición, sin tener en cuenta la vuelta que
le esperaba ahora.
De todo este esperpento, lo más
simpático de todo es que entre los asistentes nadie dio una muestra
de apoyo a Casimirillo, nadie aplaudió sus palabras, nadie se
avergonzó, nadie se levantó y se marchó dignamente con los tres
historiadores. Bueno sí hubo uno que se alegró de las palabras del
historiador, nuestro concejal de la oposición infiltrado. Lástima
que viera en esas palabras un elemento de desgaste del alcalde, nada
más. Triste pero cierto.
José Carlos Gutiérrez Pérez