jueves, 26 de octubre de 2017

Otíñar, un paraje lleno de errores y "topicazos" históricos (V): algunos errores de Memoria Histórica

Por regla general no tengo por costumbre criticar los trabajos de investigación que realizan compañeros, ya sean historiadores, arqueólogos, etc. Quizá la visualización de unos pocos videos en las redes sociales sobre lo que está pasando en tierras catalanas, y la tremenda manipulación histórica que se enseña y vende, me hace nuevamente retomar este post. Manipulación que tiene desde su parte jocosa como el Americo Vespuccio o Santa Teresa de Jesús de origen catalán, a otra quizá más recóndita y académica que igualmente va desde señalar que el emperador Carlos V, fue rey de Castilla, Aragón y “Cataluña”, o que Rafael Casanova fue de los primeros patriotas catalanes en defender la independencia de Cataluña, argumentos, por otro lado, no basados en criterio histórico ydocumental alguno.

Santa Cristina
Al más puro estilo de lo que hemos dicho, hace varios meses me facilitaban un “estudio” presentado por una conocida plataforma, la cual en su decálogo de intenciones está la “Recuperación y defensa de la memoria de los pobladores de Otíñar”. El escrito venía a avalar la catalogación de la aldea de Santa Cristina/Otíñar como Lugar de Memoria Histórica, y estaba firmado por el arqueólogo y trabajador de la Delegación de la Junta de Andalucía, Narciso Zafra de la Torre, de ascendencia otiñera. Aunque reconozco que el asunto lo conocía por noticias de prensa publicadas hace varios meses, el interés por el asunto me llevó a conocerlo a fondo, pues la noticia en sí ya se las traía con ciertas afirmaciones y barbaridades.

En el presente post no es mi intención hacer un análisis exhaustivo de ese trabajo presentado por Narciso Zafra, a instancias de la plataforma, lo cual llevaría a hacer extenso artículo. Sin embargo, a modo de ejemplo citaremos tres aspectos que se tratan en su trabajo y que bajo la perspectiva histórica y de las propias fuentes documentales nos llevan a pensar en una manipulación histórica o elaboración de una historieta, lo cual considero, según mi punto de vista, grave, porque la Ley de Memoria Histórica estatal y andaluza deben considerarse algo serio dados sus fines y no un elemento para presentar el primer rumor que nos cuentan, y encima sin base documental y notas a pie de página, como suele decirse. Veamos los casos de forma cronológica:

Bombardeo de Jaén el 1-4-1937.
            1º) En el informe se viene a reflejar el rumor que decía que el propietario de la Hacienda Santa Cristina de Otíñar, a la sazón José Rodríguez de Cueto, oficial de la Guardia Civil durante la Guerra Civil (1936-1939), había sido “el instigador e incluso el autor del bombardeo de Jaén” el día 1-4-1937. Si bien cualquier investigador serio descartaría en un trabajo decir que Santa Teresa de Jesús era catalana, como hemos señalado al principio, en este caso un rumor sin base documental alguna se aporta como prueba histórica en un expediente para declarar un espacio Lugar de Memoria Histórica. No sabemos que lleva a Zafra de la Torre a aportar dicho dato erróneo y falso, pues ya no la propia documentación histórica, sino que el mayor experto en el bombardeo franquista de Jaén en 1937, Juan Cuevas Mata, autor del libro “El Bombardeo de Jaén. 1 de abril de 1937” (2013), viene a decirnos, que el instigador dicha acción no fue el entonces capitán Rodríguez de Cueto, sino el General Queipo de Llano, como represalia a un bombardeo que horas antes había realizado la aviación republicana en tierras cordobesas. Pero es más, la supuesta autoría del bombardeo que Narciso Zafra achaca a Rodríguez de Cueto está basada en un rumor del que no aporta fuente documental, pues la documentación histórica sobre el bombardeo y la propia hoja de servicios del capitán Rodríguez de Cueto nos dicen que dicho personaje nunca participó en aquel atroz suceso. ¿Se contrastó el rumor con las fuentes documentales y la bibliografía? No.

Detenciones en el campo andaluz durante la guerra
             2º) Otro ejemplo, del que tampoco se aporta referencias documentales sino tan solo rumores, es la supuesta llegada de un batallón o compañía del Ejército de Tierra a la aldea de Santa Cristina al terminar la Guerra Civil, el cual se instala durante dos meses en las casas de los colonos “repartiendo miedo y miseria” y realizando una “labor terrorista”, cuyo fin era supuestamente devolver las tierras de Otíñar a su antiguo dueño, tras serles incautadas a éste por las autoridades del Frente Popular en 1936, y posteriormente desposeer de las mismas a los colonos que durante el conflicto civil las habían colectivizado, deteniendo a las autoridades y responsables de la colectividad. Sin ánimo de ser exhaustivos, el propio sentido común ya nos viene a señalar algo que no cuadra en este argumento. Así, vistos diferentes ejemplos estudiados por reconocidos investigadores como Cobo Romero o Sánchez Tostado, resulta cuanto menos dudoso que al poco de terminar la guerra se destinara una desproporcionada cantidad de fuerza (batallón: 300 soldados aprox.; compañía: 100 soldados aprox.), para controlar la situación en un pequeño núcleo de población de la Sierra de Jaén de apenas 300 habitantes, y más si cabe cuando se dice que dichos hombres permanecen allí durante dos meses, con lo gravoso que el número de soldados y su manutención suponía para la finca. Ante tal afirmación indocumentada y falsa, cabe plantearse qué es lo que realmente nos dicen las fuentes documentales. Tras consultar en diferentes archivos militares y en los propios procesos judiciales sumarísimos elaborados por las autoridades franquistas al acabar la guerra, podemos ver cómo no aparece por ningún lado la presencia de un batallón o compañía de soldados en Santa Cristina. ¿Omisión? Imposible. Las fuentes únicamente nos dicen que el día anterior de acabar la guerra dos falangistas de Jaén fueron a Santa Cristina y detuvieron al alcalde pedáneo de la población, Manuel Sutil y a otro vecino, curiosamente, puestos en libertad al cabo de un año. No volvieron a practicarse más detenciones hasta finales de julio de 1939, en que un antiguo vecino de Santa Cristina fue detenido por dos vecinos de Los Villares en el valle de Otíñar por lanzar éste amenazas contra Franco y Rodríguez de Cueto. Visto esto, ¿de dónde sale el argumento de la presencia del batallón que reparte miedo y miseria, y realiza una labor terrorista en Otíñar? No lo sabemos, ¿invención? ¿historia ficticia?...
Recibo del propietario de la Hacienda Santa Cristina,
José Rodríguez de Cueto, al alcalde pedáneo socialista de
Santa Cristina, Manuel Sutil Mata, en agosto de 1936.

            3º) Otro caso, al que ya hicimos referencia en el post tercero dedicado a los topicazos y errores históricos sobre Otíñar, tiene que ver con la supuesta imposición que tras la guerra civil hace el propietario de Santa Cristina, José Rodríguez de Cueto, quien al parecer impone que a partir de entonces la aldea de Otíñar pasara a llamarse Hacienda Santa Cristina, siendo ésta última la denominación preferida y usada por dicho propietario. Si en el citado post ya hicimos referencia a que el término “Hacienda Santa Cristina” aparece en la documentación notarial de 1876 (60 años antes del inicio de la contienda civil), hemos podido localizar en este tiempo incluso algunos recibos o vales elaborados a los pocos días de iniciarse la guerra (algunos firmados por las propias autoridades pedáneas frentepopulistas de Santa Cristina) donde claramente se indica “Hacienda Santa Cristina”. Es más, también puede verse en la nueva documentación consultada cómo no está basado en documento alguno el argumento que señala Narciso Zafra, cuando señala que desde la propiedad se eliminó el uso del término aldea de Otíñar, pues en otro documento firmado por el propio José Rodríguez de Cueto y fechado en 1975, claramente puede verse cómo éste indica “aldea de Otíñar”.
Documento de 1975 donde Rodríguez de Cueto actúa
en representación de la aldea de Otíñar. 


En resumidas, cuentas creo que en los últimos años se está haciendo una manipulación histórica del pasado del valle de Otíñar desde ciertos sectores, cuyo motivo o interés no sabemos realmente cuál es, y que en el caso que hemos señalado se presenta como “prueba histórica” en el intento de declaración de la aldea de Santa Cristina/Otíñar como Lugar de Memoria Histórica, lo cual es más grave aún. Pese a ello, en mi opinión el que existan muy pocos estudios serios sobre este paraje no implica que su historia tenga que ser inventada o usada a modo de leyenda negra, pues siguiendo las palabras del historiador Ricardo García Cárcel: “La oscuridad es la fuente del imaginario especulativo más imaginativo, y la primera obligación de los historiadores es despejar sombras y dotar de la mayor transparencia los comportamientos de los personajes de nuestra historia”. Historia que es la que es, y no la que nos o les gustaría que hubiera sido. Aquí solo hemos expuesto tres casos, pero hay muchos más que continuaremos tratando en estos post sobre errores y topicazos históricos sobre el valle de Otíñar.


José Carlos Gutiérrez Pérez

viernes, 17 de marzo de 2017

Otíñar, un paraje lleno de errores y "topicazos" históricos (IV): el supuesto castillo templario de Otíñar

De errores y topicazos históricos está lleno el amplio espectro del patrimonio histórico-artístico español, y podríamos atrevernos a decir que mundial. No es necesario que nos vayamos a lugares recónditos de la geografía del Santo Reino de Jaén, en nuestro caso, para buscar algunos de esos ejemplos, donde la leyenda, la tradición o la invención literaria han jugado un papel importante al más puro estilo del conocido best seller “El Código Da Vinci”, de D. Brown.

En este sentido, citemos el caso de un lugar emblemático de la ciudad de Martos como es la llamada Cruz del Lloro, lugar en el que la tradición indica que llegó una jaula lanzada desde la Peña de Martos en cuyo interior iban los hermanos Carvajales, cuyo peculiar ajusticiamiento en 1312, por orden del monarca castellano Fernando IV, acabó con la muerte de estos dos hermanos. Según Lorenzo Morillas (1954) “en memoria de las lágrimas derramadas por el pueblo” se dio al espacio donde llegó la jaula el apelativo de Cruz del Lloro. Hasta aquí la
leyenda. Pero, ¿históricamente dicho episodio ocurrió de tal manera? A nuestro juicio no.
Cruz del Lloro (Martos),
dibujada por Gustavo Doré en el s. XIX.
Como toda leyenda en la que se mezclan datos históricos con otros ficticios, el caso de la Cruz de Lloro es más que posible que tuviera como origen algún cronicón de los que tanto abundaron en la España medieval y moderna, sin negar que históricamente queda demostrado el ajusticiamiento y muerte de dichos en hermanos en Martos, donde recibieron sepultura. Visto esto, a qué se debía el apelativo de “Cruz de Lloro”. En opinión del arqueólogo franciscano Alejandro Recio, residente en Martos, la famosa de Cruz del Lloro, compuesta por una columna coronada por una cruz de hierro, no es más que una antigua picota o rollo situada antaño a las afueras de Martos (hoy ya espacio urbano), donde se ajusticiaba y exponía a los delincuentes. Según me comentaba el Padre Recio hace años, llevaba tiempo intentando convencer a los marteños de que la Cruz del Lloro era un cambio silábico de Cruz del Rollo, verdadero y antiguo nombre del espacio. Pese a ello, los vecinos de Martos siguen creyendo en su mayoría la versión legendaria basada en la llegada de la jaula de los Carvajales hasta este lugar, la cual, dicho sea de paso, es más atrayente pues el lloro de un pueblo ante una injusticia regia no es lo mismo que un simple rollo o picota.

Al hilo de todo esto, en nuestro afán también por dar a conocer y resolver muchos de estos errores y topicazos históricos que para el caso encierra el valle de Otíñar a escasos kilómetros, por cierto, de la ciudad de Martos, donde está la Cruz del Lloro, traemos a colación en este post un nuevo error y topicazo histórico relacionado con el valle y su pasado medieval, como es la identificación que en muchas publicaciones se da del castillo de Otíñar como un castillo templario.

¿Fue el castillo de Otíñar una fortaleza templaria en algún momento? Rotundamente, tenemos que decir que no. A todo esto, cabe hacerse entonces la pregunta de ¿dónde sale el dato de que el castillo de Otíñar fue templario? La respuesta es simple, de una ficción literaria que el famoso escritor giennense Juan Eslava Galán creó en torno a la Mesa del Rey Salomón y a su supuesta localización en tierras giennenses. Alrededor de este relato, al cual Eslava Galán, o su pseudónimo literario Nicholas Wilcox, han dedicado varias novelas y libros (“La lápida templaria”, “Los templarios y otros enigmas medievales”, “El enigma del Mesa del Rey Salomón”, etc.), gira una historia trepidante propia de un guión cinematográfico, la cual no tiene nada que envidiar a otros best seller de escritores como Matilde Asensi, Julia Navarro o el propio Dan Brown. Pero como decimos, todo ello no deja de ser un universo imaginario en el cual el castillo de Otíñar fue una pequeña pieza más que Juan Eslava sitúa en el engranaje de una enrevesada ficción, localizándolo como un castillo templario situado en la línea telúrica que, según él, había entre la ciudad de Jaén y el valle de Otíñar. Ubicación que habrían elegido los templarios debido a la consideración de espacio sagrado y mágico del paraje desde tiempos prehistóricos.

Muro de tapial reforzado, en el que se aprecian
los mechinales para su construcción.
Hasta aquí lo que la leyenda e imaginación literaria cuenta. Pero, qué nos dice realmente la Historia y la arqueología. Precisamente la faceta de Eslava Galán como historiador, no como novelista, nos viene a decir en obras de temática histórica, como su libro “Los Castillos de Jaén” (1999), el verdadero origen y contexto del castillo de Otíñar, al cual nunca se refiere como una fortaleza templaria, dicho sea de paso. Según indica Eslava Galán en la citada obra, el castillo de Otíñar es de origen cristiano siendo construido en la segunda mitad del siglo XIII, sobre defensas más antiguas, pudiendo ser su alcazarejo realizado posteriormente ya en pleno siglo XIV. De hecho serán en este siglo XIV en el que también se creará la parroquia rural de Otíñar, lo que denota la importancia que tenía esta población como espacio situado en la vanguardia de la Frontera, comunicando directamente las tierras de la Campiña Sur con los pasos serranos que iban hacia la Granada nazarí, como en este caso los de la Cañada de la Hazadilla y el Valle del Quiebrajano. Lo dicho por Eslava Galán viene a ser refrendado por el profesor Vicente Salvatierra quien apunta a un origen islámico de las defensas de Otíñar en el siglo XI (quizá antes), que se refuerzan ya en época cristina durante el siglo XIII, una vez es conquistado el territorio por Fernando III (Salvatierra Cuenca, V., ed.: Guía Arqueológica de la Campiña de Jaén, 1995, p. 147).

Aparte de lo ya expuesto, qué más argumentos nos sirven para demostrar que el castillo de Otíñar no es ni fue templario. Pues evidentemente la ausencia de posesiones en las tierras del antiguo reino de Jaén de esta orden religioso-militar fundada a inicios del siglo XII. Aunque los templarios llegaron a pisar tierras giennenses durante la conocida batalla de las Navas de Tolosa (1212), dicha orden no estuvo entre las premiadas con tierras por los reyes castellanos en agradecimiento por la conquista del Valle del Guadalquivir, cosa que si recibieron otras, como las hispánicas de Calatrava o Santiago, más activas en dicha empresa. Precisamente, la de Calatrava contó con una serie de encomiendas muy cercanas al valle de Otíñar como las
Torre del Homenaje del castillo de Otíñar
de la Peña de Martos, Víboras, Alcaudete o Porcuna, de las cuales contamos con numerosa documentación sobre origen y evolución durante la Baja Edad Media. En cambio, los templarios si contaron con otras encomiendas y fortalezas por el territorio peninsular allende Sierra Morena tanto en el reino de Castilla (Ponferrada, Montalbán, Jerez de los Caballeros, Caravaca, etc.) como en la Corona de Aragón (Alfambra, Miravet, Corbins o Peñíscola, entre otros). En este sentido es interesante el libro del ya finado medievalista Gonzalo Martínez Díez, “Los templarios en los reinos de España” (2001), en el cual se analiza de manera rigurosa la historia del Temple y su presencia en la Península Ibérica, alejándose del ámbito imaginario y esotérico en los que se envuelve a esta orden. En esa obra, Martínez Díez viene a demostrar la inexistencia de elementos templarios en las tierras de Jaén, siquiera tras la disolución de la Orden en 1312, en que muchos han querido ver cómo los templarios peninsulares, declarados inocentes (excepto en Navarra) de los delitos supuestamente cometidos, pasaron a otras órdenes hispánicas como la de la Calatrava o la de Montesa, lo cual nunca quedó demostrado. En el caso de Otíñar llama también la atención, cómo justo en el momento en que se está dando la supresión de la Orden del Temple, en la aldea de Otíñar se está configurando una parroquia y se está procediendo a reforzar las defensas y construir nuevos elementos como el alcazarejo, según hemos visto, lo que confirma más ese no origen templario.


En conclusión, el castillo de Otíñar nunca fue un castillo templario pues tal denominación ha sido fruto de la ficción literaria, que en ocasiones la imaginación popular tiende a ir convirtiendo poco a poco en leyenda. Imaginación popular que también en su día inventó el emplazamiento que el último maestre templario, Jacobo de Molay, había lanzado desde la hoguera sobre el rey francés Felipe IV y el Papa Clemente V a comparecer ante el tribunal de Dios antes de que acabara el año 1314 y así dar cuenta de las injusticias y crímenes que contra la Orden del Temple habían perpetrado, dando pábulo a estos hechos las muertes primero del Papa y luego del rey francés el mismo año de 1314. Leyenda ésta, por cierto, muy parecida al emplazamiento ante el tribunal de Dios del rey castellano Fernando IV, por parte precisamente de los hermanos Alfonso y Pedro Carvajal, mandados ajusticiar por el rey en Martos, como hemos visto al principio, los cuales, dice la leyenda, habían pronosticado la muerte del rey al cabo del mes de su ajusticiamiento, lo que ocurrió en Jaén precisamente un 7 de septiembre de 1312.


José Carlos Gutiérrez Pérez

jueves, 19 de enero de 2017

Otíñar, un paraje lleno de errores y “topicazos” históricos (III): Hacienda Santa Cristina, ¿un invento de Rodríguez de Cueto?

No es nada nuevo que el valle de Otíñar es un lugar inhóspito en lo que a investigación histórica y arqueológica se refiere, lo cual no quiere decir que el mismo cuente con una gran riqueza a nivel patrimonial ya sea documental, arqueológica, artística, etnológica y geológica, razones que influyeron para declarar los diferentes elementos que en él encontramos como BIC. Sin embargo, pese a tener esos testigos de una historia que se remonta a miles y miles de años, todavía son muchísimas las preguntas sin responder que el valle de Otíñar aguarda. Aunque en el plano historiográfico poco a poco ese vacío se va supliendo con nuevos trabajos, todavía son muchos los topicazos y errores históricos que la historia otiñera arrastra, especialmente cuando los mismos son continuamente repetidos, en ocasiones por pseudohistoriadores-divulgadores, sin ser contrastados científicamente, o éstos se usan como arma política, lo cual es ya más peligroso.

Sello de la Hacienda "Santa Cristina"
Lejos de crear polémica, pues últimamente parece que cuando se habla de Otíñar, se habla de un “problema” o al menos eso se quiere vender, traigo a colación unas manifestaciones realizadas en la televisión municipal de Jaén la pasada primavera de 2016, por el presidente de la plataforma de Otíñar. Las mismas venían a decir algo así como que el copropietario de la Hacienda Santa Cristina entre las décadas de 1950 y 1960, más o menos, cambió el modo de producir de la finca pasando la aldea de Santa Cristina a convertirse en una hacienda, razón por la cual a partir de ese momento pasó a llamarse, como hemos dicho, “Hacienda Santa Cristina”. Entendemos que estas manifestaciones no son dichas de forma baladí y que las mismas se basan en alguna fuente. Evidentemente, en 2004 el arqueólogo Narciso Zafra de la Torre, descendiente por cierto de colonos de Santa Cristina, publicaba un interesante trabajo sobre toponimia del valle de Otíñar entre cuyos párrafos indicaba lo siguiente: “Tras la guerra civil los propietarios de Otíñar, una vez fracasada la experiencia colectivista republicana, reinstauran su poder, y libres ya de la obligación de vincularse con la población medieval de Otíñar por la necesidad de legitimar la privatización, y como parte de la desarticulación de la comunidad campesina vencida en la guerra, propician el nuevo bautizo de la propiedad que pasa oficialmente de ser Aldea de Otíñar a Hacienda Santa Cristina. No es ya una aldea sino una hacienda, no habrá más una comunidad campesina sino un latifundio explotado con jornaleros eventuales. Esta situación no se produce después de que la comunidad se desintegre sino como parte del proceso de destrucción de la misma, negándola aún viva. (…) El cambio de nombre de Aldea de Otíñar a Hacienda Santa Cristina que se impone tras la Guerra Civil es el complemento retórico que acompaña a las medidas adoptadas por el propietario para destruir la comunidad campesina, un estorbo anacrónico en la capitalización de la propiedad, que ahora se orienta a la producción industrializada.” (Arqueología y Territorio Medieval, 11.1).

"B.O.E.", nº 163, de 10 de julio de 1967.
Sin entrar en las razones que plantea Zafra de la Torre sobre la supuesta “desarticulación de la comunidad campesina vencida en la guerra”, tema éste sobre el que hablaremos en el futuro, llama poderosamente la atención como el supuesto cambio de nombre al que se hace mención no está basado en ninguna fuente documental según se ve en el artículo, ni se contrasta con las mismas. Cabe la posibilidad de que quizá dicha afirmación se basase en cómo a partir de la década de 1950 y 1960 proliferan las menciones a Hacienda Santa Cristina, lo cual no quiere decir que desaparezcan las que dicen aldea de Santa Cristina u Otíñar, véase por ejemplo el caso del Boletín Oficial del Estado que en la década de 1960 señalaba la finca llamada Otíñar.

Pero volviendo al título de este post, ¿el término Hacienda Santa Cristina fue un nuevo nombre que impuso el entonces copropietario, José Rodríguez de Cueto, para referirse así al territorio que ocupaban los terrenos que entre 1826 y 1827 fueron desamortizados y vendidos a censo reservativo a un particular, en este caso Jacinto Cañada Rojo?

Mª Cristina de Borbón-Dos Sicilias,
esposa de Fernando VII.
Haciendo un poco historia recordemos que en 1827 el citado Jacinto Cañada adquiría mediante venta a censo reservativo dos cuartos de la antigua Dehesa de Propios de la ciudad de Jaén, llamados la Parrilla y el Castillo de Otíñar. De esta manera el Ayuntamiento de Jaén, a instancias del rey Fernando VII, enajenaba esta parte de la dehesa al venderla a un particular con el fin de que en ella se reconstruyera en cuatro años la antigua Otíñar, despoblada desde finales de la Edad Media, obligación que asumía el comprador, junto con la de pagar un canon anual hasta que se terminara de pagar la cifra que se tasaron los citados cuartos (153.207 reales y 12 maravedís). Pese a que por cuestiones de emplazamiento se decide construir una nueva población cerca la medieval, la empresa que lleva Jacinto Cañada tarda en ejecutarse pero finalmente lo hace en 1831, año en que la esposa del rey, María Cristina de Borbón, es nombrada patrona de la nueva población a la cual concede el título honorífico de Villa (no de iure, ojo), mandando que a partir de entonces se llame Villa de Santa Cristina. Tras aprobar Fernando VII la nueva población en 1834, poco antes de morir éste, el mismo concede al fundador y financiador del proyecto una serie de privilegios entre los que se encontraba la exención fiscal y un título nobiliario, del que su poseedor nunca pagó los derechos reales, pese a usarlo.

Aldea de Santa Cristina 
e instalaciones agro-ganaderas de la hacienda.
Una vez llegado el momento de la colonización del nuevo espacio, la misma se da por iniciativa privada del fundador, siguiéndose los parámetros que la política y legislación colonizadora, surgida a raíz de la revolución liberal de las primeras décadas del XIX, marcaban y de las cuales el caso de Santa Cristina fue de los primeros en realizarse. Por entonces los conceptos de “colonia” y “colonizar”, habían cambiado de significado. Según investigadores como Gómez Benito, Monclús Fraga u Oyón Bañales, entre otros, el término colonia designaba entonces la idea de “granja-modelo”, entendida como el conjunto de asentamiento formado por una gran explotación capitalista, en la que se dan edificios funcionales y casas para los colonos, que son asalariados o aparceros de la empresa. Debido a ello, la estructura edificatoria de estas colonias (término con el que el propio fundador se refiere a Santa Cristina ya en la década de 1840) es generalmente cerrada, y toman como referente la factoría fabril, lo que hace que se dé un esquema acabado de organización funcional y disciplinaria del trabajo de la hacienda, donde el objetivo es preferentemente productivista y lucrativo. A todo esto hay que añadir que el ideal ruralista aquí es la dispersión de grandes haciendas capitalistas funcionalmente autónomas, en las que los trabajadores forman una comunidad por su vinculación a la hacienda y residencia en ésta, y no por su vinculación a ninguna entidad territorial de carácter local.

Trabajos agronómicos-catastrales de 1901.
Fuente: A.H.P.J.
Este modelo de colonización es precisamente es el que encontramos en Santa Cristina desde su fundación hasta la década de 1960, cuando tiene lugar la crisis de la agricultura y ganadería tradicionales en España que obliga a que el sistema productivo cambie. Por tanto, como vemos el territorio de Santa Cristina más que funcionar como el de una aldea normal, funcionaba como hemos visto como una hacienda. Así, por ejemplo, los colonos no eran vecinos permanentes de una comunidad, pues estaban sujetos a las tierras y viviendas mediante contratos de aparcería o arrendamiento de las suertes en los que se incluían las casas del núcleo poblacional, según reflejan los protocolos notariales, quedando fuera de esa comunidad en el caso en que el propietario no renovase los citados contratos. No obstante, en el caso de Santa Cristina esa permanencia sí se dio en muchos casos, pues aún siendo varios los casos en que algunos colonos pasaban por Santa Cristina de manera temporal, otros tantos renovaron dichos contratos de aparcería o arrendamiento de padres a hijos permaneciendo en la aldea durante casi siglo y medio. Como podemos ver tal aspecto era más propio de una hacienda o cortijada que de una aldea en sí, tal cual la entendemos o como la tuvo que entender en su día el pedagogo Luis Bello en sus viajes por las escuelas españoles en la década de 1920, ignorando muy posiblemente las circunstancias que hemos expuesto, aunque de dicho aspecto sí se percataron los ingenieros que en 1901 realizaron trabajos topográficos en el valle de Otíñar, refiriéndose a Santa Cristina como cortijada.

Pero pese funcionar como una hacienda, repetimos ¿dicho término fue inventado e impuesto por José Rodríguez de Cueto como se afirma? o ya existía anteriormente. En este caso la documentación histórica nos da la clave. Así en varios protocolos notariales de 1876, año en que se protocolariza la redención del censo impuesto en 1827 tras adquirir Jacinto Cañada la finca y la partición de bienes de la que fuera propietaria María del Carmen Martínez Nieto, observamos cómo a la hora de referirse a la propiedad en sí se usa mayormente el término “heredamiento” (hacienda de campo según el DRAE), pero también el de “hacienda”, el cual ese mismo año de 1876 pasa a constar en la primera inscripción registral de la finca según vemos en el Registro de la Propiedad hasta la actualidad.

Referencia al heredamiento o Hacienda de Santa Cristina
en un protocolo notarial de 1876. Fuente: A.H.P.J.

Visto esto cabe decir a modo de conclusión que el término “hacienda” aplicado a la aldea o finca de Santa Cristina no fue algo novedoso creado por José Rodríguez de Cueto e impuesto por éste tras la posguerra sustituyendo al de aldea, como indica Narciso Zafra, sino que el mismo ya existía y se utilizaba desde el siglo XIX para referirse a los terrenos desamortizados por el Ayuntamiento de Jaén en 1827, como consta en diferentes fuentes documentales. Asimismo, el funcionamiento de dicha finca, colonizada según la legislación surgida a raíz de las Cortes de Cádiz, fue el de una hacienda capitalista dotada de un núcleo poblacional o aldea particular, como ya describe Pascual Madoz en su diccionario geográfico de mediados del XIX, en el que vivieron los colonos arrendatarios y otros trabajadores hasta que se produce la crisis de la agricultura y ganadería tradicionales a partir de la segunda mitad del siglo pasado, la cual obligó a la emigración y a un cambio en el modelo de producción de la hacienda donde el colonato se sustituyó por la introducción de jornaleros o trabajadores, que suponían un coste mayor para la propiedad respecto al modelo anterior. Pero eso es ya otra historia.


José Carlos Gutiérrez Pérez

lunes, 9 de mayo de 2016

Otíñar, un paraje lleno de errores y “topicazos” históricos (II): el camino real de Carlos III

Tras hablar en la ocasión anterior sobre dos de los topicazos que tiene la historia de Otíñar (Jaén) en su haber, como son el supuesto señorío casi medieval, que según algunos se dio en aquella zona entre 1827 y la década de 1960 aproximadamente, así como el de la baronía que tras concederse nunca existió, pudimos ver cómo realmente esa baronía nunca llegó a ser efectiva y el espacio nunca llegó a funcionar como un señorío a la antigua usanza, pese a que en la documentación se nombrara como tal.

Carlos III. Rey de España.
Otro de los grandes "topicazos" que encierra el valle de Otíñar tiene relación con el llamado camino real de Jaén a Granada construido por Carlos III, del cual se hablado mucho recientemente en cuanto a su origen y trazado. En los últimos meses se ha venido diciendo sobre el mismo que era un camino real de época medieval, que Carlos III arregló haciéndolo pasar por donde posteriormente se construiría la aldea colonial de Santa Cristina, y que luego tras cruzar el río Quiebrajano iba siguiendo el camino de la Cañada de la Hazadilla hasta llegar a Campillo de Arenas, para enlazar con el antiguo camino de coches de Granada.

Visto todo esto, consideramos que no fue así, en base a lo que la documentación y el territorio nos ofrece. Pero vayamos por partes.

Respecto al origen es absurdo pensar que dicho camino real ya lo era en época medieval y que lo que hace Carlos III es hacer un mero arreglo. Evidentemente, no hay duda de que el valle de Otíñar estaría dotado de pasos serranos que sin duda servirían para comunicar, por ejemplo, el Otíñar medieval con la ciudad de Jaén. Pero decir que uno de esos pasos era un antiguo camino real que unía Jaén con Granada ya en época medieval es cuanto menos arriesgado y no basado en documentación alguna.

Castillo de Otíñar controlando el paso del valle.
La propia situación del castillo de Otíñar, construido en época cristina, nos indica que el espacio pudo ser un lugar frágil en la frontera entre Castilla y Granada establecida entre los siglos XIII al XV. Su construcción es muy posible que casi estuviera vinculada precisamente a la posibilidad de incursiones o razzias por esas tierras serranas, y la capacidad en este caso de poder servir de aviso a la ciudad de Jaén en caso de las mismas. Algo semejante encontramos en un lugar cercano como es Jamilena, cuyo castillo, hoy desaparecido, construido en el siglo XIII por la Orden de Calatrava tenía la función, entre otras, de controlar los pasos serranos de su entorno y de esta manera tener controlado el territorio que rodeaba la antigua villa de Martos.

Despoblado el valle de Otíñar ya en el siglo XV, quizá por la intensificación de esas razzias, en los siglos siguientes esos antiguos pasos serranos, que seguían paralelamente el tramo de los cauces de ríos y arroyos (vías naturales), se siguieron aprovechando tras convertirse la zona en un espacio de dehesa, una vez la Iglesia fue desvinculándose también de muchas propiedades (huertas, hazas…) en la zona. Quizá en el momento en Carlos III decide aprovechar uno de esos antiguos pasos para la construcción de un camino real de herradura que uniría Jaén con Granada, arreglando eso si el difícil paso de la Escaleruela, lo hiciera con el objetivo de retomar un viejo proyecto repoblador en Otíñar ya frustrado en época de su antepasada Juana I de Castilla, pero de ese proyecto repoblador ilustrado no nos ha llegado documentación alguna.

Fragmento del Mapa del Reino de Jaén,
de Tomás López (1787), donde todavía no aparecía
el camino real construido por Carlos III.
Pero volvamos al meollo. Qué nos lleva a decir que Carlos III nunca reformó sino que construyó un camino real, como incluso apunta el profesor López Cordero. Para decir esto nos basamos principalmente en las cartografías y documentación de finales del siglo XVIII. Partimos de esta apreciación en base a la información que nos aporta el mapa del Reino de Jaén realizado por el geógrafo real Tomás López en 1787, basadas en la documentación y relaciones que a éste le fueron enviadas por los párrocos de la diócesis de Jaén en el último tercio del siglo XVIII. En dicho plano podemos advertir cómo el geógrafo señala (a parte de núcleos de población, santuarios, etc.) toda la red de caminos reales que existía en el momento en que le son remitidas las relaciones o informes por los párrocos.

En el caso del valle de Otíñar podemos advertir cómo no aparece reflejado el citado camino real de herradura de Jaén a Granada, del que hasta el momento pensábamos tenía como tal ese origen remoto, medieval, y que fue en 1784 cuando se construyó el mismo, según se ve en el hito caminero situado en el llamado Peñón del Vítor. No podemos pensar en una omisión por parte del geógrafo en base a un posible desuso, recordemos que por aquel entonces el paso desde Jaén hacia Granada se hacía por la llamada carretera de coches que pasaba por La Cerradura, o bien por el paso que iba por Alcalá la Real ya fuera por Martos o la sierra de Valdepeñas, como atestiguan diferentes documentos y trabajos. En este sentido nos surge la pregunta de porqué si el camino es terminado en 1784, no aparece en el plano del geógrafo real Tomás López elaborado en 1787. La pregunta es muy simple. Dado que el geógrafo elabora dicho mapa en base a la información que le aportan los párrocos hay que señalar que esta información le es emitida por los párrocos en el año 1781.

Por tanto aclarado el origen este camino real de herradura que como hemos dicho se realiza a finales del siglo XVIII, queda el tema del trazado que seguía el mismo especialmente en dos tramos que consideramos no ocupaba dicho camino, como son el supuesto paso por lo que fue luego Santa Cristina y por la Cañada de la Hazadilla.

Hito caminero de Carlos III, realizado tras la cosntrucción
del camino. Conocido popularmente como Vítor.
En el caso del paso por Santa Cristina, aldea colonial construida por iniciativa privada ya en 1831, resulta muy complicado, pues no hay razón lógica para que un camino que seguía el cauce del río Quiebrajano, una vez entraba en el valle no aprovechara la llanura que ofrecía la parte baja del mismo, y por el contrario se dedicara a subir hasta el paraje del Covarrón, una pequeña meseta, para luego volver a bajar con un desnivel importante. ¿Qué sentido tenía? Ninguno. Con toda seguridad el camino seguiría rumbo Sur el cauce del río Quiebrajano (actual carretera del pantano) dejando en su margen izquierdo las llamadas vegas de Otíñar. En esa trayectoria entendemos que el camino no se desviaba por la Cañada de la Hazadilla, pues dicho camino era una antigua cañada que servía a los ganaderos de Campillo de Arenas y Carchelejo para mover sus rebaños a la antigua dehesa real de Otíñar o a otros puntos, según consta en los libros capitulares del ayuntamiento de Jaén. Ya Alfredo Cazabán nos decía en 1930 que el camino real de Jaén a Granada a su paso por Otíñar seguía hasta Alcalá la Real con lo cual es muy posible que al llegar dicho camino al paraje de Castañeda este siguiera por el Parrizoso hasta Valdepeñas para comunicar con el camino de Alcalá la Real a Granada. Ello resulta más lógico pues al igual que este camino usaba el cauce del río Quiebrajano, en el caso del camino de coches de Granada usaba el río Guadalbullón mientras transcurría el mismo por la sierra.

No cabe duda que esa articulación norte-sur que daba el camino a todo el valle fue muy tenida en cuenta una vez se vende a censo parte del valle al funcionario real, Jacinto Cañada. Éste tras desestimar la reconstrucción de la antigua Otíñar por su arriscado emplazamiento, decide construir a sus expensas un nuevo Otíñar en esa zona amesetada del Covarrón, antes citada, aprovechando la posición estratégica que le brindaba la misma y la cercanía a este camino real, al cual unió lo que sería Santa Cristina con un carril que permitía así comunicar la aldea colonial con la ciudad de Jaén. Hoy dicho camino podemos decir que se encuentra fosilizado en parte en el tramo de carretera provincial que va desde por el valle siguiendo por la carretera del pantano por donde seguía el mismo hasta Castañeda.

José Carlos Gutiérrez Pérez

martes, 9 de febrero de 2016

Otíñar, un paraje lleno de errores y "topicazos" históricos (I): El supuesto señorío y baronía

El valle de Otíñar, muy cercano a la ciudad de Jaén, es un paraje natural impresionante que llama la atención del visitante nada más adentrarse en él. Dicho espacio ofrece al visitante muchas sorpresas y tesoros históricos que guarda y que se pierden en la noche de los tiempos. El hombre primitivo ya dejó su huella aquí hace miles de años dejando números yacimientos, entre los que se encuentran varias cuevas con pinturas rupestres esquemáticas. No obstante, esa presencia humana no se quedó ahí y siguió estando presente en el valle hasta nuestros días, en que todavía sigue vinculada a él. La villa romana del laurel, el castillo medieval de Otíñar, el hito caminero de Carlos III, o la colonia de Santa Cristina, entre otros, son testigos callados de esa presencia.

Pese a ello, el valle sigue siendo a nivel histórico un enigma que lleva al historiador a embriagarse con el elixir de los misterios que todavía quedan por resolver. Igualmente, la escasez de documentación y de trabajos de investigación sobre este espacio, el cual abarca incluso una superficie mayor que la de pueblos cercanos como Jamilena, ha hecho que no se dé tampoco un revisionismo de esas fuentes documentales y de lo ya investigado. Tal hecho, ha conllevado a que surjan errores y “topicazos” históricos enquistados en el tiempo, de los cuales la provincia de Jaén está repleta todavía. Recordemos el caso de Martos, donde todavía hoy muchos creen que la condesa que defendió la villa en 1227 del entonces reyezuelo musulmán de Arjona, al-Ahmar , fue doña Mencía de Haro, cuando en realidad fue Irene de Urgel, primera esposa de Alvar Pérez de Castro, que por entonces ostentaba la tenencia de la villa de Martos.

En el presente post vamos a corregir un error histórico que ha acarreado el valle de Otíñar
Firma de Jacinto Cañada Rojo, fundador de Santa Cristina
desde el siglo XIX, y que tiene que ver con la construcción y establecimiento en el mismo de una colonia agroganadera, que se denominó, incluso por sus fundadores, como Señorío de Otíñar o Santa Cristina, y a la cual se asoció un supuesto título nobiliario. Dicho problema arranca cuando en 1827 el funcionario real, Jacinto Cañada Rojo, vecino de Jaén, adquiere mediante compra a censo los llamados cuartos de la Parrilla y del Castillo de Otíñar. Un territorio que hasta entonces había pertenecido a los propios del concejo de Jaén, pero que debido a la legislación desamortizadora surgida de la Constitución de Cádiz (1812), permitió al rey Fernando VII conceder permiso al citado funcionario real para que por iniciativa particular creara una nueva población o colonia en dicho espacio serrano situado al sur del término municipal de Jaén. La nueva población gozó del favor real, llegando la reina consorte Mª Cristina de Borbón a declararse patrona del núcleo poblacional, que pasaría a llamarse Santa Cristina, en su honor, así como de la capilla o iglesia del mismo. Ello ocurría en el año 1831, y dos años después, en 1833, poco antes de morir el “rey felón”, éste aprobaba la nueva población de Santa Cristina concediendo a su fundador diferentes privilegios entre los que estaba un título nobiliario, por haber construido de su propio pecunio la nueva población, según lo acordado.

A partir de aquí nos encontramos con una serie de incoherencias y errores que no sabemos hasta qué punto partían de la ignorancia de los colonos de Santa Cristina y algunos vecinos de Jaén, o del aprovechamiento que el fundador de Santa Cristina y sus posteriores herederos hicieron de esa ignorancia en su propio beneficio. Todo viene por la denominación de todo el espacio adquirido por Jacinto Cañada Rojo, como Señorío de Otíñar o Santa Cristina, y la referencia a dicho personaje como Barón de Otíñar.

Respecto a la baronía, a la cual todavía se hace referencia en algunos blogs y páginas de Internet como título ostentando por los antiguos propietarios de la finca, decir que, según las últimas investigaciones realizadas, dicho título jamás existió, al menos de manera efectiva, como ya sospechaba la profesora López Arandia. Si bien es cierto que el rey prometió conceder un título nobiliario a Jacinto Cañada una vez construyó Santa Cristina, la verdad es que el mismo nunca gozó de sanción legal o validez a tenor del registro de títulos existentes en el archivo del Ministerio de Justicia, donde no consta. Es cierto, que en muchas ocasiones el propio Jacinto Cañada aparece en documentos indicando que es Barón de Otíñar, e incluso en uno de sus testamentos manda que una sobrina y heredara ostentase el título que al parecer poseía. De igual forma, los colonos de Santa Cristina y algunos vecinos de Jaén, al referirse a dicho fundador y a los posteriores propietarios de la finca, siempre denominaron a los mismos como los barones de Otíñar. No obstante, la realidad fue diferente, pues, como hemos dicho, ese título nunca gozó de sanción legal y por tanto de efectividad, quedando el mismo como una denominación que estas personas concedían a los dueños de la finca y como una “autotitulación” que éstos se daban y aceptaban para si. No podemos considerar pues que
Fernando VII, rey de España.
existiera una baronía de Otíñar, ya que dicha mención se hacía en documentos como los protocolos notariales, donde el escribano reflejaba aquello que los otorgantes le indicaban, no teniendo porqué verificar que dicha persona fuera barón, comerciante o jornalero. Otro dato documental es la propia lápida sepulcral de Jacinto Cañada Rojo, sita en la antigua iglesia de Santa Cristina, donde no se hace mención alguna a la baronía y sí a la condición de fundador de Santa Cristina y de su iglesia, lo cual es raro dado la rimbombancia que se daba a dicho titulo. Las razones por las que nunca se llegó a conceder dicho título nobiliario no se conocen todavía, y son tema de futuras investigaciones. Se ha apuntado a la posibilidad de que Cañada no cumpliese lo pactado con el rey en la construcción de Santa Cristina; aunque tampoco podría descartarse que dicha concesión se produce poco antes de morir Fernando VII, tras cuya muerte la reina Mª Cristina ostentó la regencia con el apoyo de los liberales, enemigos políticos de Jacinto Cañada, que hasta ese momento era un acérrimo absolutista, como apunta Lara Martín-Portugués, no concediéndose finalmente el ansiado título.

Algo parecido a lo anterior encontramos con la denominación y catalogación de la finca como un señorío. Evidentemente, el diccionario de la RAE ofrece muchas acepciones sobre la palabra “señor”, pero cuando se lee la bibliografía y documentación sobre Santa Cristina y Otíñar, la que más se aproxima es la que dice: “persona que poseía estados y lugares con dominio y jurisdicción, o con solo prestaciones territoriales, que se convirtieron en mero título nobiliario”. Así la propia profesora López Arandia se refiere a Santa Cristina como un señorío anacrónico en pleno siglo XIX, quizá en base al reconocimiento que Jacinto Cañada se daba como dueño y señor de Santa Cristina, y que vemos en la documentación notarial, pero también al funcionamiento interno de esta extensa finca, donde los colonos no contaban con la propiedad ni de las casas que habitaban ni de las tierras que explotaban, pues las mismas las disfrutaban en régimen de aparcería o arrendamiento. La realidad era que Santa Cristina, más que funcionar como un señorío territorial o una aldea/villa libre, lo hacía como una colonia agroganadera, cuyos antecedentes los encontramos ya en la década en que se constituye (1820), cuando, antes de ser comprado el terreno por su fundador, el ayuntamiento de Jaén ya quiso establecer en la zona una colonia.

Según los trabajos de investigadores como Monclús Fraga, Oyón Bañales, Gómez Benito y Gimeno, tras la Guerra de la Independencia (1808-1814) y pasados unos años de la repoblación de Sierra Morena, la política colonizadora en España se reanudó. Ya durante el primer tercio del siglo XIX comenzaron a verse algunos cambios motivados por el empuje de la revolución liberal y la lenta llegada al campo de las relaciones capitalistas. Ante ello, la nueva legislación colonizadora daba más protagonismo a la iniciativa privada, apoyada por el Estado, y en lugar de centrarse en aspectos sociales, lo hacía en los económicos vigilando el aumento de la productividad de los terrenos.

Santa Cristina es uno de los primeros ejemplos claros de esa política colonizadora que se está dando en el momento en que es fundada, ya que por entonces los conceptos de “colonia” y “colonizar”, habían cambiado de significado. Según los investigadores citados anteriormente, el término colonia designaba entonces la idea de “granja-modelo”, entendida como conjunto de asentamiento formado por una gran explotación capitalista, en la que se dan edificios funcionales y casas para los colonos, que son asalariados o aparceros de la empresa. La estructura edificatoria de estas colonias es generalmente cerrada, y toman como referente la factoría fabril, lo que hace que se dé un esquema acabado de organización funcional y disciplinaria del trabajo de la hacienda, donde el objetivo es preferentemente productivista y lucrativo. A todo esto hay que añadir que el ideal ruralista aquí es la dispersión de grandes haciendas capitalistas funcionalmente autónomas (Mata Begid es un ejemplo cercano), en las que los trabajadores forman una comunidad por su vinculación a la hacienda y residencia en ésta, y no por su vinculación a ninguna entidad territorial de carácter local. En opinión de Gómez Benito “este ideal ruralista se distancia de lo urbano”. Por tanto, en el momento de fundarse Santa Cristina no se hace como “empresa colonizadora a la vieja usanza”, como apunta Narciso Zafra, pues como hemos visto la colonización se hizo conforme a las leyes y postulados de la época, algunos de los cuales siguieron dándose, en parte, en las décadas siguientes, como encontramos en el caso de la colonia agrícola de San Pedro de Alcántara, en Marbella (Málaga), construida en 1860 por el general Miguel Vitali.

Visto esto entendemos que la denominación de Santa Cristina como señorío, no se debía a que la misma funcionara como un señorío territorial, sino más bien a la identificación de la finca como propiedad de un dueño o señor, lo que condujo a entenderla como un señorío
Vista de la hacienda Santa Cristina a mediados del siglo XX
cuasi feudal, debido a la condición de los colonos como trabajadores del mismo. A cuenta de ello viene muy bien lo que escribe Luis Bello, periodista y escritor vinculado a la generación del 98 y a la del 14, el cual cuando visita Santa Cristina en la década de 1920 la describe como una aldea con amo, cuyo funcionamiento considera anticuado y atrasado para su época. Con todo, la condición de señorío de Santa Cristina, en su acepción de señorío territorial, ya citado, no hubiera podido ser posible al poco tiempo de ser constituido supuestamente el mismo en la tercera década del siglo XIX y en las décadas siguientes, pues una vez se produce la regencia de Mª Cristina de Borbón, y los liberales moderados llegan al gobierno, se dio la abolición definitiva del régimen señorial con la legislación de 1837, con la que se ponía fin a esta manera de entender la propiedad.

Como podemos ver, la historia del valle de Otíñar encierra todavía muchas incógnitas y posee muchos errores que deben ser corregidos para poder entender mejor su pasado. Por tanto, tenemos que concluir que, pese a denominarse señorío y baronía, Santa Cristina tuvo un funcionamiento más propio de una colonia agroganadera fundada por iniciativa privada, y surgida del espíritu de la revolución liberal que emanó de las Cortes de Cádiz. Privacidad que a día de hoy aún mantiene el territorio.


José Carlos Gutiérrez Pérez

viernes, 28 de noviembre de 2014

¿Pequeños remedios a grandes males?

La sabiduría de nuestros mayores a veces está tan mal aprovechada que claro así nos va. En este tiempo de crisis económica siempre me viene a la mente la famosa entrevista que la televisión hizo a dos abuelitos sorianos. Uno de ellos decía que su nieto iba a la universidad a estudiar economía. A tal vocación económica, el abuelo le decía algo así como: “la economía es algo tan simple como que si tienes o ganas cinco pesetas, tienes que gastarte una peseta y ahorrar cuatro; ahora si tienes cinco pesetas y te gastas seis ahí se acabó la economía”.

Al hilo de esto, ayer por la tarde al salir de la catedral de Jaén, donde me encontraba buscando papeles viejos en el archivo diocesano, decidí meterme en un pequeño bar aledaño para poder tomar un café caliente y de paso protegerme del fuerte viento que cada año visita la plaza de la catedral. Entre sorbo y sorbo al café, delicioso por cierto, puse atención a como dos abuelos, palabra hoy políticamente incorrecta, aunque me niego a usar eso de personas mayores, discutían entre sí al hilo de una noticia que había aparecido en el televisor sobre el plan económico mesiánico del partido Podemos, “el del tío de la coleta” que muchos dicen.

En esa conversación uno de los abuelos decía que estaba harto de políticos corruptos, ladrones y sin vergüenzas, que éste de Podemos no era más que otro listo que venía a hacer más de lo mismo. Mientras tanto su compañero de mesa le decía que esto nuevo del chico de Podemos le sonaba a eso de querer decir lo que la gente quiere escuchar. Con tremenda sensatez y cultura, algo que no se estila últimamente en la piel de toro, decía este último que de populismos el mundo estaba y había estado servido. Proseguía diciendo que si la solución para salir de la crisis que ofrecía Podemos fuera así de simple, ya la habría cogido Rajoy. No se creía que el gobierno efectuara recortes y diera por saco constantemente así porque sí. ¿Digo yo que cuando uno manda lo que quiere es que le sigan votando?, decía.


Tras ello el otro abuelo intervino, diciendo que esto “en lo que nos metieron los socialistas” se tiene que arreglar pero “dándole muchas vueltas a la cabeza”. Señalando a la catedral y tras beber un sorbo del licor que tenía su vaso, decía que los de Podemos son del estilo de esas personas que ven una grieta en un edificio como la catedral y se dedican a taparla para que no se vea en lugar de arreglarla cueste lo que cueste para que así dicha grieta no se haga más grande y no acabe por tumbar el edificio. Desde luego no le faltaba razón. A lo largo de la Historia hemos visto muchos mesías que iban a hacer resurgir naciones y todos conocemos cómo acabó la cosa. La decadencia de las democracias occidentales tras la Primera Guerra Mundial trajo consigo el origen de populismos de corte autoritario como el fascismo o el comunismo. El bipartidismo de la España de la Restauración acabó con la Dictadura de Primo de Rivera. Y así podríamos seguir cintando más casos. Creo que hoy seguimos con lo mismo. No aprendemos de la Historia por mucho que nos la enseñan. Es lo que tiene aprender la cosas de memoria para soltarlas en un examen, en lugar de mostrarlas razonadas.

sábado, 26 de julio de 2014

Historias de Casimirillo

Pongamos que se llama Casimiro, nombre godo ya algo retro, aunque para todos, amigos y paisanos, es Casimirillo. Desde que era pequeño había aprendido mucho de las historias que su abuelo materno le había contado. Historias sobre la propia vida de éste, sus vivencias, su duro trabajo en las faenas del campo, los quebrantos durante la guerra, sus viajes y otro sin fin de temas más. Quizás ese gusto por escuchar y conocer la memoria de sus mayores, le sirvió para ser un fuera de serie en la asignatura de Ciencias Sociales e Historia, mientras estuvo en el “cole” y luego en el “insti”. En los mismos se fue forjando un futuro estudiante que no dudó un instante en realizar la carrera de Historia, una vez decidió ingresar en la universidad, magno lugar donde fue perfeccionando su formación.

Casimirillo es joven todavía, además de un gran lector, no sólo de libros de Historia, los cuales ocupan una buena parte de su extensa biblioteca particular, sino también de novelas, ya sean de históricas, suspense o negra, su preferida. Con todo su afán por la lectura no queda ahí, ya que de vez en cuando suele leer poesía, algún que otro capítulo de un libro de pensamiento, o cualquier otra cosa que llegue a sus manos sin distinguir entre ciencia, humanidades o el manual de instrucciones de su nueva televisión. De hecho, ahora mismo está leyéndose un interesante libro sobre la psicología el miedo. Es posible que dicho libro únicamente le sirva sólo para ampliar su conocimiento, y que el mismo no acabe referenciado en la bibliografía de la tesis doctoral que está apunto de terminar y que la trae por la calle de la amargura. Por cierto el título de dicha tesis es “Emigración española a México durante la Posguerra”, o algo por el estilo.

Con todo, aunque nunca recibió un duro en becas del erario público para financiar sus estudios, por eso de que su padre al ser herrero y autónomo era un aspirante a ricachón, pese a vivir de los escasos encargos que le llegaban, Casimirillo logró salir adelante en sus estudios. Su pasión por la historia de su pueblo, heredada de esas historias de su abuelo, le había llevado con gusto a quemarse los ojos durante horas y horas en los archivos buscando datos sobre la historia del mismo. En su modesto despacho contaba con fichas y fichas de anotaciones en esos archivos. Fichas que puestas en común le habían llevado a escribir unos cuantos artículos y a participar en algún que otro congreso internacional, donde ingleses, belgas e italianos, habían admirado su erudición, pero sobre todo habían situado su pueblo en el mapa. A pesar de todo, Casimirillo se encontraba mendigando trabajo, puesto que las puertas universitarias estaban cerradas para él, conformándose con alguna que otra clase en un colegio privado, única salida posible relacionada con su campo de conocimiento, ya que las oposiciones eran un mundo inhóspito y cruel para él.

Un buen día, el alcalde del pueblo vecino al suyo, se acordó de Casimirillo. El primer edil había escuchado una charla de nuestro historiador, y creía que éste era la persona más apropiada para organizarle unas jornadas históricas locales sobre su municipio, y así acallar a los concejales de la oposición, quejosos de que el alcalde no hacía nada en materia de cultura. Entusiasmado Casimirillo se puso manos a la obra. Todo sea por recuperar la memoria de dicho pueblo. No hay un duro, dice el alcalde, para las jornadas ya que con esto la crisis el ayuntamiento esta tieso, bla, bla, bla. Excusas, en fin.

Llega el día de las jornadas, un evento a tres bandas donde se darán tres conferencias, una de ellas de Casimirillo, que hablará sobre cómo aparece reflejado su pueblo vecino en el Catastro de Ensenada, fuente histórica muy socorrida para los investigadores, por cierto. La asistencia a las jornadas buena, si tenemos en cuenta que están los presidentes de las asociaciones y cofradías locales, algunos miembros del partido del alcalde, un par de eruditos del pueblo, familiares del alcalde, cinco abuelos que pasaban por allí y se han metido por el fresquito del aire acondicionado, y un concejal de la oposición dispuesto a tomar nota de todo lo que pase allí. Casimirillo anda un poco quemado en los últimos días ya que se ha esforzado mucho en organizar el cotarro, invirtiendo muchas horas, y, sin embargo, se entera por la prensa de que el alcalde se ha gastado un milloncejo de las antiguas pesetas en pagar a los jóvenes del pueblo un viaje “cultural” a la playa con casi todo pagado ese día. Jóvenes que lógicamente ni están ni se les espera en las jornadas.

Comienzan las jornadas. En la presentación de las mismas intervendrá primero la joven concejala de Cultura, después Casimirillo y finalmente el alcalde, ataviado con impoluto traje gris marengo, que dará la bienvenida a los asistentes. Comienza hablando la concejala, una chavala de apenas 20 años, a la cual cuesta hablar en público y que parece no saber muy bien cómo va todo aquello, pese a ser un acto que organiza su concejalía. Mientras tanto se pregunta Casimirillo lo curioso que resulta el que casi siempre la concejalía de cultura, cae en manos del último de la lista electoral, del más tonto o tonta, con perdón, y a ser posible joven, como si la Cultura no fuera algo serio; claro, así nos va, piensa él. Seguro que alguien con las mismas cualidades, no tendría la más mínima posibilidad de ser concejal de hacienda o urbanismo. ¡Por dios, no! Pero sigamos. Tras la concejala, a continuación Casimirillo interviene explicando cómo se han organizado las jornadas, el enorme esfuerzo que ello le ha llevado, y cómo van a transcurrir las mismas. Finalmente, toma la palabra el alcalde, tras una breve espera posando para el par de fotógrafos que han acudido a la actividad. El mismo da la bienvenida, agradece la asistencia, bla, bla, bla, pero remata su intervención con la frase: “La afición desinteresada y altruista de las personas que nos van a hablar hoy ha hecho posible este acto. Gracias Casimiro y a los demás por las historias que nos vais a contar”.

Después de lo dicho Casimirillo, a quien la sangre parece habérsele subido a la cabeza, estalla. Parece que el turno de intervenciones había terminado, pero no. Casimirillo coge el micrófono y comienza a soltar todo el veneno que ha venido gestándose dentro de él en los últimos momentos. Solamente dijo esto: 
“- Historias o historietas, puesto que al ser afición serían más bien historietas. Las aficiones es cierto que no se pagan. El otro día precisamente leí como usted soltaba seis mil eurazos a los jóvenes, que aquí no veo por cierto, para que se marchasen a la playa a disfrutar de su “afición” por las olas. A los historiadores ni un duro, es verdad, ya que no trabajan, sino que se divierten escribiendo y organizando eventos. Ellos obtienen su título por afición, trabajan y estudian por afición, no importan que inviertan las horas que sean en preparar actividades como ésta, si total el mérito luego se lo lleva el alcalde, y encima de todo ello la única que va cobrar es la señora de la limpieza, eso sí por limpiar dignamente este salón antes y después del acto que nos ocupa. Señora que a tenor de sus tres horas de trabajo son treinta euros, y ahora ve y no le pagues -Casimirillo suelta una fingida carcajada-. En el caso del historiador no pasa nada ya que trabaja de gratis, parece ser, y come y bebe de lo que la diosa Clío le da e inspira. Ser alcalde es también una afición, pero qué curioso esa sí se paga. Hoy por estar usted aquí está cobrando y encima beneficiándose del trabajo que hacen otros gratis para usted. Lo siento pero conmigo no cuente más. Casimiro se va con sus historias a otra parte”.

Anonadado el alcalde y todos los presentes, nadie era capaz de decir esta boca es mía. Después de ello Casimirillo se levantó de la mesa, cogió sus cosas y salió del salón de actos, inaugurado hace pocas semanas, yendo tras él los otros dos ponentes, personas que por compromiso con Casimirillo habían accedido a intervenir en las jornadas, a pesar de que uno se había pegado la paliza de recorrer algo más de 300 km. en coche, por supuesto gratis y por afición, sin tener en cuenta la vuelta que le esperaba ahora.

De todo este esperpento, lo más simpático de todo es que entre los asistentes nadie dio una muestra de apoyo a Casimirillo, nadie aplaudió sus palabras, nadie se avergonzó, nadie se levantó y se marchó dignamente con los tres historiadores. Bueno sí hubo uno que se alegró de las palabras del historiador, nuestro concejal de la oposición infiltrado. Lástima que viera en esas palabras un elemento de desgaste del alcalde, nada más. Triste pero cierto.

José Carlos Gutiérrez Pérez

martes, 26 de noviembre de 2013

Las formas y los fondos

LAS FORMAS Y LOS FONDOS (relato corto con motivo del Día contra la Violencia de género)
José Carlos Gutiérrez Pérez.

Era la primera vez que Julia accedía a un archivo histórico en los tres años que llevaba como estudiante de Historia en la universidad. La ilusión embargó su cuerpo, aquella apacible tarde, nada más pisar las galerías altas de la catedral, donde se encontraban decenas y decenas de viejas estanterías, que albergaban miles de legajos y libros, si cabe, mucho más antiguos que éstas. Ello hizo que apenas atendiera al saludo que el ordenanza del archivo le dirigió.

Aquella tarde, Julia tenía claro cuál era el objetivo que había planteado para el trabajo de su asignatura de tercer curso: el matrimonio en la comarca donde vivía durante el siglo XVIII. Días antes, su profesor le había proporcionado una guía del archivo y una serie de referencias concretas de algunos legajos que contenían información sobre la zona de su futuro estudio. De esta manera, el profesor procuraba que su pupila no fuera dando palos de ciego en un archivo tan enorme, que ni siquiera él controlaba al cien por cien, pese a los muchos años y horas que había pasado en el mismo, quemándose los ojos en polvorientos papeles con letras ilegibles.

Después de marcarse un plan de trabajo, Julia decidió empezar por los documentos más antiguos. Tras entregarle al ordenanza un papel con las referencias que necesitaba, éste le comunicó que tardaría unos pocos minutos en traerle los documentos, puesto que los mismos se hallaban en la sala más alejada. No le importó la demora a la joven investigadora. Esperaría.

Una vez tuvo los viejos legajos sobre la enorme mesa que ocupaba, Julia empezó a leerlos. Su atenta lectura sólo se interrumpía cuando anotaba en unas cuartillas los datos que le interesaban para su estudio. Después de consultar varios expedientes matrimoniales -la mayoría de ellos realizados a causa de solicitar los contrayentes dispensa por ser parientes- llegó a las manos de la joven un grueso expediente. En la primera página de mismo se indicaba los nombres de dos cónyuges, seguidos por el año 1723 y la palabra “Separación”.

Un halo de sorpresa cruzó la mente de Julia, pero, como había hecho con los documentos anteriores, comenzó con ojos analíticos la lectura de aquel texto. En sus líneas, escritas con una caligrafía antigua y algo deficiente, se podía leer el caso de una mujer, que ante las continuas palizas que le propinaba su esposo, denunciaba a éste ante la justicia, solicitando al obispado la separación del mismo. Todo ello explicado al detalle, con declaraciones de testigos incluso.

Sorprendida por el hallazgo que había realizado, su todavía exigua formación histórica no le permitía entender cómo era posible que algo tan a la orden del día en la actualidad, como era la separación conyugal o el divorcio, pudiera darse ya hace casi 300 años. Sus dudas se esfumaron cuando consultó el tema al investigador que se sentaba a su derecha, un señor ya bastante mayor, que vestía un llamativa americana color azul pastel. Amablemente, éste le explicó a Julia que los casos de separación conyugal se habían dado desde tiempos muy remotos, aunque no eran la tónica general, principalmente porque acarreaban procesos judiciales costosos que sólo las familias con cierto poderío económico podían afrontar. A continuación, el viejo investigador apostilló que las separaciones que se daban, siempre se hacían por motivos muy probados o de fuerza mayor, como eran los malos tratos, no llegando, en ocasiones, a materializarse una separación efectiva sobre el papel, pero sí física.

Aclarado el tema, Julia volvió a releer con nuevos ojos el documento que tenía entre sus manos, entendiendo cada línea, descifrando cada letra, hilvanando cada idea, cada cuestión que le surgía. Entonces se preguntó: ¿qué ocurriría si este caso lo sacara fuera de su cronología? Quizá, contado el mismo a un vecino de su barrio, éste le dijese que tales hechos eran semejantes a los que había escuchado hace unos días por la radio o leído en el periódico.

En ese instante, la joven sintió un escalofrío que le recorrió todo su cuerpo. Siempre había pensado que, en su evolución, el ser humano actual era mejor que en tiempos pretéritos por diversas circunstancias tecnológicas, ideológicas…, pero el documento que sostenía sobre sus blancas manos le hizo entender que en la Historia lo que cambian son las formas pero no los fondos. El impulso que llevaba a un marido a maltratar a su esposa, e incluso matarla, era el mismo que había hace trescientos años, que el que se daba en la actualidad. Sólo cambiaba la manera, el arma, los motivos, pero el impulso violento era desgraciadamente idéntico.

Tras abandonar el archivo, Julia se dio cuenta de que ese día había aprendido una gran lección.

jueves, 18 de octubre de 2012

Fuera de clase a estudiar


Partiendo de que este ministro de Educación y Cultura es nefasto, me parece que estas huelgas estudiantiles tienen un tinte más centrado en la política que en la educación. Partiendo de que España se sitúa a la cabeza de la OCDE con más jóvenes que ni estudian ni trabajan (Ninis) y con alumnos con peores notas, me parece que algo hay que hacer, pero eso de hacer huelgas donde un chaval de 16 años se toma el tema como unos días sin clase, lanzar a los alumnos a las barricadas o asaltar colegios religiosos como ayer en Badajoz me parece ya impresentable.

Como docente he visto que el principal problema del alumnado que he tenido ha sido que no estudia, a pesar de que el nivel de exigencia en algunos casos es mínimo. Y ya no sólo eso, sino el ambiente de clase que un docente a veces se encuentra donde los tres fichajes de siempre te ponen la clase patas arriba haciendo imposible el realizar tu trabajo. Por eso que cuatro niñatos que son siempre alumnos mediocres, más pendientes en dar por saco en clase que en estudiar, me agiten al personal diciendo que quieren una educación mejor... ¿cuál?

Leo en prensa que luchan contra una educación franquista o fascista que quiere imporner el ministro. Pues bien en la escuela pública y democrática a la que dicen representar se les enseña, a parte de los conocimientos, a resolver conflictos mediante el diálogo y no quemando contendores como ayer en Valencia, o respetar la diversidad de culturas y creencias y no a asaltar colegios religiosos al grito de "más educación pública y menos crucifijos" como ayer ocurrió en Badajoz, entre otras cosillas. Estoy seguro que en estos días de huelga a muy pocos les ha dado por estudiar, basta darse una vuelta por las calles y ver como estos días son más unos "días sin clase" más que de huelga seria centrada en buscar soluciones y no en mostrar eslóganes baratos como "Más Filosofía y menos Teología", "Educación Pública gratuita y de calidad"... Curioso que estos alumnos y los que les precedieron nunca se manifestaran por una educación como la vigente que les ha postergado a la ignoracia (excepto en deportes, telemierda, internet y móviles, algo es algo), a ser "ninis" en muchos casos y que España sea, hoy por hoy, líder europeo en fracaso escolar. Me quedaré con las ganas de que un alumno saque en una manifestación una pancarta o cartel pidiendo que los profesores les demos más caña, en el buen sentido de la palabra.

Me sorprende que compañeros docentes apoyen estas actitudes extremistas, anarquistas o fascistas, como les gusta decir a algunos, que hemos visto estos días. Creo yo que hay más de un fascista que dice no serlo y que va a clase a dar mítines, más que a realizar su labor docente. Lástima, así nos va. Somos una fábrica de sacar del cole Che Guevaras que encima no son médicos, en lugar de personas con Cultura, responsables y respetuosas con el otro.

Hace falta una renovación educativa YA, pero ni son las formas de unos y otros de estar a favor o en contra del tema, ni con ello estamos favoreciendo a la educación. Y que conste que soy el primer perjudicado por la decisiones, recortes y demás zarandajas de este ministro mediocre. Todos saben porqué.